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Úsese con precaución

28 noviembre 2010 | Actividades

El texto del universitario Constantino Míguez Martell ha sido seleccionado en el marco de la convocatoria anual de Piensa en clave de crítica. El artículo del estudiante de quinto curso de la Facultad de Historia de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, hace referencia a la exposición Espacio privado, espacio imaginado.

Úsese con precaución

Úsese con precaución
por Constantino Míguez Martell

No siempre es recomendable visitar una exposición. Puede resultar extraño, pero dar  una vuelta por La Regenta, en ocasiones como esta, es posible que no vaya a ser un viaje cómodo, se puede salir de ella con una sensación más de inquietud que de plenitud, como cuando se sale del cine y la película tenía un final demasiado abierto. No importa que fuera una gran película, dejar las conclusiones al espectador es algo desconcertante y que su término, como en esta muestra, dependa de lo que estemos dispuestos a aportar desde nuestra vivencia, quizá no resulte agradable. La introspección, el contacto con nosotros mismos, con nuestros anhelos y temores es siempre un ejercicio difícil porque puede que nos sorprendamos, que no nos guste lo que encontremos, que no estemos a la altura de afrontar con valor el terror o la ansiedad con serenidad. Y se nos va a exigir.

La muerte, por ejemplo, está siempre en uno de los recovecos más oscuros de nuestro espacio, en un lugar recóndito, de difícil acceso en el trastero de la conciencia, aparcado lejos de la vista y acumulando una espesa capa de polvo que rogamos para que no se levante. Así que, ¿tendríamos el valor de mirar a la muerte con la mirada dura y desafiante de Teresa Correa?. Con la soberbia de quien está seguro de no tener nada que perder, ella es capaz de meterla en una bolsa, plastificada, para que no le coja polvo y dejarla ahí, sin cuidado, como para más tarde. ¿Podemos encontrar en ese espacio privado, silencioso, interior e inexpugnable, la fuerza y la paz para sobrevivir a la violencia, y quizá también a la muerte, como hace Ouka Leele?, ¿o quizá nos está mandando a callar, anestesiándonos con el silencio, y  que lo olvidemos todo mirando, en contraposición a esa perturbadora violencia de la que también parece culparnos, una reconfortante estampa de celebración de la vida?

A todo esto, y de todas formas, no será la violencia ni la muerte lo peor que se pueda ofrecer al visitante de la exposición; de hecho, en otro lugar, una pareja de faunos mugientes demuestran, sonriendo plácidos, su poca preocupación hacia la guadaña, en su constante transfiguración hacia lo cadavérico.

Que hay peores cosas que la muerte parece decirnos otros artistas para los que la soledad y la alienación serán las otras grandes protagonistas de la muestra. Desde la persecución, por los desiertos aledaños del Teide, a quien parece que puede dar respuesta a tanta arena inerte y que recuerda, precisamente, a un tajinaste tétrico, negro y errante, que no tiene intención de esperar a quien lo busca; a la soledad onírica y doméstica, confusa, de puertas cerradas y pasillos largos, de claros de luna que más bien parecen la boca de un pozo o de ventanas encortinadas que no dejan correr el aire y que asfixian la luz, impidiendo ver hacia fuera… y hacia adentro.

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